Al acercarme a mi cumpleaños número 60, algo profundo dentro de mí ha cambiado. No ha sido un cambio motivado por el miedo ni por la urgencia, sino por una especie de despertar sagrado. Me he sorprendido mirando hacia atrás—no con arrepentimiento, sino con reverencia—y hacia adelante, no con prisa, sino con propósito.
"Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría."
Este ha sido el versículo de mi vida desde que tengo memoria. Y creo que, poco a poco, se ha convertido también en mi meta. Atesoro los momentos. Estoy rebosante de gratitud por la vida que he vivido y llena de esperanza por el futuro. Deseo que cada día tenga valor.
Por eso he comenzado un ritual silencioso pero poderoso. Cada mañana me pregunto: "¿Qué haré hoy que sea digno de un día que no volverá jamás?" Y cada noche, al ver cómo el sol se esconde tras el horizonte, me pregunto: "¿Qué hice hoy que fue digno de un día que ya se fue?" Y cada noche, al ver cómo el sol se esconde tras el horizonte, me pregunto "¿Qué hice hoy que fue digno de un día que ya se fue?"
No juzgo mis respuestas. Las recibo con gracia. Algunos días están llenos de significado. Otros son caóticos y comunes. Pero cada uno cuenta, porque cada uno forma parte del número limitado de días que me quedan.
Esa realidad se volvió aún más clara cuando hice las cuentas: si llego a vivir hasta los 100 años, me quedan aproximadamente 14,600 días. Nada más. De los 36,500 días que puede vivir una persona centenaria, la mayoría de los míos ya pasaron. Y considerando que la expectativa de vida promedio para una mujer es de 82 años—y que ninguna mujer en mi familia ha vivido más allá de los 89—ese número podría ser aún menor.
Puede que esto suene triste para algunos, pero hay una belleza innegable en esa limitación: el valor. Cuando algo escasea, se vuelve precioso. Por eso he decidido abrazar esta etapa de mi vida con una nueva mirada. Creo que los sesenta serán mi década dorada—no porque vayan a ser fáciles, sino porque serán intencionales.
No necesito vivir para siempre. Solo quiero vivir bien. Y hoy, elijo vivir una vida que sea digna de este día irrepetible.
Ahora le toca a usted.
Le invito a iniciar su propio ritual diario que le ayude a vivir de manera más intencional. No tiene que ser algo intenso. Dependiendo de la etapa de su vida, puede ser tan simple como darse permiso para sentarse a escuchar un chiste de su hijo, prestar atención plena a su pareja, o servir en un centro comunitario. No existe lo grande o lo pequeño. Solo existe lo trascendente y lo pasajero. Y aunque gran parte de nuestra vida está compuesta de cosas temporales que debemos hacer, no olvide incluir actividades trascendentes. Son esas las que dan verdadero sentido a nuestra existencia.