Hay una conocida historia en la Biblia llamada el Buen Samaritano. Trata sobre un hombre que fue asaltado, golpeado y dejado casi muerto al lado del camino. Dos líderes religiosos pasaron por allí, pero ninguno se detuvo para ayudarlo. Luego pasó un samaritano, un hombre que en aquella época habría sido considerado un extranjero e incluso un enemigo. Sin embargo, fue él quien se detuvo. Curó las heridas del hombre, lo subió a su animal, lo llevó a un alojamiento y pagó para que lo cuidaran. Esta historia fue la respuesta a una pregunta que le hicieron a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?»
Hay mucho que podemos aprender de este relato, pero por cuestión de tiempo me enfocaré en dos aspectos. Primero, quienes todos habrían supuesto que ayudarían, no lo hicieron. Segundo, quien nadie habría imaginado que intervendría, fue quien hizo mucho más de lo esperado.
Esta historia siempre me anima porque me recuerda que ser un buen prójimo no requiere un título, no depende de las expectativas de los demás ni exige que la persona a la que ayudamos sea igual a nosotros. Simplemente requiere que decidamos ser un buen prójimo.
Por cierto, una de las lecciones más importantes que he aprendido con los años es que ser un buen prójimo comienza en casa. Mi esposo, mis hijos e hijas, mis nietas y mi familia son mis prójimos más proximos. A veces es tentador pasar por alto a quienes tenemos más cerca para dedicarnos a causas humanitarias o a ayudar a personas fuera de nuestro hogar. Y aunque eso también es valioso, es aún más importante, y muchas veces más desafiante, ser un buen prójimo con quienes tenemos más cerca de nosotros, de una manera que solo nosotros podemos hacerlo. Con nuestro ejemplo, podemos inspirar a nuestros hijos, a nuestras hijas y a otras personas a hacer lo mismo.
Así que no esperemos tener un título, sentirnos suficientemente preparados o encontrar las circunstancias perfectas. Seamos nosotros quienes decidamos ir más allá por el bien de los demás.