Como persona de fe, tengo un tiempo a solas cada día en el que escribo en un diario sobre la lectura del día. El libro de Proverbios es uno de mis favoritos para reflexionar y escribir. Está lleno de sabiduría y de pasos prácticos. Por ejemplo, Proverbios 15:4 dice: “La lengua que brinda alivio es árbol de vida; la lengua perversa deprime el espíritu.” Este proverbio presenta un contraste poderoso: nuestras palabras pueden dar vida o destruirla silenciosamente. En una sola frase, se nos recuerda que la lengua tiene una influencia increíble sobre la salud emocional y espiritual de los demás. Aquí hay tres enseñanzas prácticas que podemos vivir diariamente:
- Elija palabras que sanen, no solo palabras que sean verdaderas.
Mis hijos y yo solíamos ver una película llamada “Anne of Green Gables”. En ella hay una mujer mayor que dice todo lo que piensa, sin importar a quién lastime. Cuando alguien le reclama, responde: “En este pueblo se me conoce como una mujer que dice lo que piensa. No debes molestarte.” Es fácil justificar la dureza diciendo: “Solo estoy siendo honesta.” Pero este versículo nos desafía a ir más allá. Las palabras que sanan no solo son verdaderas: también son consideradas, oportunas y amables. Antes de hablar, pregúntese: ¿esto edificará o destruirá? La misma verdad puede comunicarse de una manera que restaure en lugar de herir. El tono, el momento y la intención importan tanto como el contenido. - Reconozca el impacto duradero de sus palabras.
Un “árbol de vida” no es algo temporal: crece, da sombra, produce fruto y sostiene la vida con el tiempo. De la misma manera, las palabras de ánimo pueden acompañar a alguien durante años. Por otro lado, las palabras engañosas o descuidadas pueden “quebrantar el espíritu”, dejando heridas profundas y duraderas. Esto nos recuerda que las conversaciones diarias—en casa, con amistades, con nuestros hijos e hijas—son oportunidades para sembrar algo que crecerá. Lo que decimos hoy puede moldear la confianza, la identidad o la esperanza de alguien mañana. - Practique la integridad en su manera de hablar.
Una lengua engañosa no solo implica mentir; también incluye exagerar, manipular, chismear o decir una cosa mientras se quiere decir otra. La integridad en nuestras palabras construye confianza y seguridad en las relaciones. Cuando las personas saben que nuestras palabras son honestas y consistentes, nuestra voz se convierte en una fuente de vida. Pero cuando nuestras palabras no son confiables, generan confusión y dolor. En la práctica, esto significa cuidar lo que repetimos, resistir el impulso de hablar desde la emoción y alinear nuestras palabras con la verdad y el amor. Una práctica muy útil que me ayuda es preguntarme: “¿Cómo me sentiría si alguien me hablara de esa manera? O me dijera lo que estoy a punto de decir?”
En un mundo donde las palabras son constantes y muchas veces descuidadas, Proverbios 15:4 nos llama a algo más elevado. Cada conversación es una elección: ser una fuente de vida o una fuente de daño. Cuando nos detenemos a considerar nuestras palabras y mostramos empatía por la persona con la que hablamos, tenemos la oportunidad de traer sanidad y vida…porque nuestras palabras si tienen poder.