Este verano pasado, Arturo y yo visitamos el Jardín Botánico de Chicago. Mi lugar favorito es la exhibición de bonsáis. Siempre me maravilla la edad de estos pequeños árboles, que va desde los 35 hasta más de 100 años. Quizás no lo sepa, pero Arturo estudió ingeniería agrícola. Mientras caminábamos de bonsái en bonsái, me comentó cómo el tronco cuenta una historia.
En algunos casos, el tronco había pasado por períodos de sequía. Me señaló las áreas que habían sido afectadas por ella. Luego hubo etapas de abundancia de agua, algo que también podía apreciarse en el tronco si uno sabía qué observar. Otras cosas que me señaló fueron infestaciones de insectos, daños causados por el clima y otras dificultades. Su resiliencia es extraordinaria y su belleza, impresionante.
En la crianza de los hijos y en la vida, estoy bastante segura de que todos cargamos con algún nivel de arrepentimiento y culpa. Me cuesta imaginar un escenario, especialmente en la crianza, en el que esto no sea así. A veces puede disfrazarse de enojo o decepción cuando no somos conscientes de nosotros mismos, pero creo que, en el fondo, se trata de ese sentimiento doloroso que surge al enfrentar la realidad de que no somos perfectos y, por lo tanto, cometeremos errores. Sin embargo, los bonsáis me dan esperanza.
Esos árboles han soportado sequías, tormentas, insectos y daños. Si uno sabe qué buscar, puede ver las evidencias grabadas en sus troncos. Las marcas están allí. La historia está allí. Las temporadas difíciles están allí.
Y aun así, siguen creciendo.
De hecho, muchas de las características que los hacen únicos y hermosos son precisamente el resultado de esas temporadas difíciles. Sus cicatrices no detuvieron su crecimiento; forman parte de él.
Como padres, solemos revivir una y otra vez los momentos que quisiéramos cambiar. Las palabras que desearíamos no haber dicho. Las oportunidades que dejamos pasar. Las temporadas en las que estuvimos abrumados, distraídos, agotados o simplemente haciendo lo mejor que podíamos con el conocimiento y los recursos que teníamos en ese momento.
Pero nuestros hijos aún no han terminado de crecer, sin importar la edad que tengan.
De hecho, nosotros tampoco.
Uno de los mayores regalos que podemos darles a nuestros hijos no es la perfección. Es la humildad. Es la disposición para aprender, pedir perdón, volver a conectar y seguir estando presentes.
La verdad es que toda familia tiene una historia. Toda familia atraviesa temporadas de sequía y temporadas de abundancia. Todo padre y toda madre tienen momentos de los que se sienten orgullosos y momentos que desearían poder hacer diferente.
La meta nunca fue tener una historia perfecta.
La meta es seguir creciendo.
Mientras me alejaba de la exhibición de bonsáis, me sentí agradecida. No porque de repente sintiera que había hecho todo bien como madre, sino porque recordé que el crecimiento sigue siendo posible. El árbol sigue creciendo. Nuestros hijos siguen aprendiendo. Y, por la gracia de Dios, nosotros también seguimos creciendo y aprendiendo.