Recuerdo que, hace años, me preparaba para una reunión en casa y andaba de un lado a otro tratando de terminar un montón de cosas al mismo tiempo. Mis hijos aún vivían con nosotros, y uno de mis hijos adolescentes me preguntó cómo podía ayudar. Le di una tarea pequeña porque fue lo primero que pensé en ese momento. Pero antes de alejarse, se detuvo y me dijo: “Mamá, los niños más pequeños pueden hacer eso. Dame algo que ellos no puedan hacer. ¿Necesitas que mueva algo? ¿Que suba algo del sótano? ¿Que alcance algo que está muy alto?”
Nunca olvidé ese recordatorio tan sencillo y a la vez tan profundo: aprovecha al máximo las fortalezas que ya tienes.
Arturo y yo aplicamos ese mismo principio en nuestro trabajo. Cuando obtuve mi licencia de bienes raices y comenzamos a trabajar juntos, nos dimos cuenta rápidamente de que debíamos funcionar según nuestras fortalezas, no solo según nuestras necesidades. Arturo disfruta conducir, mostrar casas, negociar y conversar por teléfono. Amo planear, crear, enseñar y dirigir un negocio. Si intercambiáramos roles, ninguno de los dos prosperaría, y ciertamente no disfrutaríamos el trabajo.
Lo mismo ocurre en cualquier relación, ya sea en el hogar, en el trabajo o en la comunidad. Cuando comprendemos nuestras fortalezas —y, aún más, cuando las honramos— nos acercamos de manera natural hacia las responsabilidades que mejor se ajustan a esas fuerzas. Es otra manera de decir que cada persona tiene cosas que solo él o ella puede hacer.
En mi caso, eso incluye ser madre y también abuela. Yo soy la única madre que mis hijos tendrán. Así que, cuando me necesitan en ese papel, todo lo demás pasa a segundo plano. Puedo delegar muchas tareas en mi vida, pero no puedo delegar esa.
Cuando tenemos claridad acerca de lo que solamente nosotros/as podemos hacer —y de lo que hacemos mejor—, nos volvemos más eficaces, más productivas y productivos y tenemos más satisfacción. Esto no significa que nunca hagamos cosas difíciles o tareas que no corresponden a nuestras fortalezas. La vida a veces lo exige. Pero esas deberían ser la excepción, no la regla.
Hay paz y poder en permanecer en su línea, en hacer aquello para lo cual está singularmente dotada o dotado, y en permitir que otros hagan lo mismo. Cuando vivimos así, todos ganan.